martes, 22 de julio de 2008

Hermanados por la tinta china


Isabel Muñoz plasma en su obra fotográfica Maras. La cultura de la violencia a una verdadera tribu urbana. Se trata del fenómeno de los pandilleros en América central conocido como las maras. Los fotografiados son, en su mayoría, hombres de tez color mate y miradas fijas, como ennegrecidas. Todos ellos están en la cárcel; presos y mansos bajo el flash de Muñoz. Lo más llamativo, a primera impresión, son las pieles de estos pandilleros. La tinta es parte integrante del epitelio de sus cuerpos. Demonios, duendes y gárgolas se entremezclan con rosarios y crucifijos. Quien conoce la historia detrás de la foto sabe que los integrantes de las maras provienen, en su totalidad, de familias desintegradas por calvarios de alcohol, droga y miseria. Las maras son hijas de la violencia.

Al medio de la exposición, hay un mural de fotos de los jóvenes delincuentes con sus familiares en los días de visita. Las "visitas" son predominantemente mujeres. Dignas de dar amor, estas madres, hermanas y esposas sacan una pequeña mueca en la boca de los presos. Además de la fotografía a color que da calidez- todo el resto está en blanco y negro-, la columna expuesta al medio es, quizá, la que sostiene a estos guerreros lindantes.

Me pregunto: ¿cómo viven, inmersos en la oscuridad de la celda y los graffitis lúgubres y deprimentes- hechos por ellos mismos- ? ¿Cómo decenas de tumbas son la expresión del arte carcelero? Es la cultura de la muerte. Es un inframundo que surge cada vez con más fuerza.

Isabel Muñoz nos muestra la realidad de los pandilleros de El Salvador. También nos muestra que, una vez metidos en esa realidad, ya no vale la justicia. Son seres miserables y oscuros, pero que, por lo que veo, gritan con todas sus fuerzas que alguien los ame, que alguien los haga sentir "parte". Y allí se aglutinan, hasta el final, hermanados por la tinta china.


*La muestra se puede apreciar hasta el 30 de agosto, en el Centro Cultural de España.
**La foto es de El País.

viernes, 4 de julio de 2008

Esto les digo


Hoy vi- y escuché- a un coro norteamericano, en donde 45 personas cantan en tonos graves y agudos un repertorio “celestial”. En la Iglesia Los Vascos, de Julio Herrera y Mercedes, el Ave María se ha cantado tres veces, en distintas tonadas. La Virgen, contentísima, miraba de atrás (una escultura de la Madre de Dios se sostiene detrás del altar).

Luego, piezas muy gospel como We Will March Through the Valley sonaron en el lugar para tocar, simultáneamente, puntos en común entre los espectadores y el público.

“Nosotros queremos traer a los distintos países de América Latina otra idea de nuestra gente, de nuestra cultura, más allá de lo que ha sido el gobierno de nuestro país durante los últimos años”, me comentó Patrick, un señor canoso aunque joven, familiar de una de las intérpretes. Encantado con nuestro país, él mira a su alrededor con los ojos contentos.

También cantaron la letra del poema Te quiero, de Mario Benedetti. Fue ahi cuando pensé cuántas veces las cosas hermosas que nos pertenecen tienen que estar en labios de otros para que las valoremos…Reflexiones.

No faltaron los músicos que ejecutaron la flauta dulce-dulcísima-, la guitarra electro- acústica, los timbales y las maracas. El mejor instrumento de la noche fue, sin duda, la garganta humana. Por momentos, quise imaginar la voz de un ángel y supe que, allí aguardaba lo más parecido posible a esa voz. Alegría de cantar y perfección vocal; emoción y entrega. Gratitud.

Esto les digo, es el nombre de la última canción. Allí se reafirma que, la música, como arte constituye un refinamiento del alma y una plena donación de amor entre vidas que, a la primera impresión, nada tienen que ver.